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El aula

Empezó en una mesa de Russafa, en 2011

Al principio eran cuatro vecinos que se juntaban los jueves para comentar la prensa del día y acababan siempre igual: cada uno con su titular y ninguno con el dato. De ahí salió la costumbre de marcar el texto con dos colores.

Cómo se convirtió en un método

Aquella manía de marcar se fue ordenando sola. Primero apareció la comparación por parejas, porque marcando cada uno por su cuenta se descubría poco. Después llegaron las fichas con cifras de práctica, para poder equivocarse sin que nadie se sintiera juzgado por su lectura. Los cinco módulos actuales son eso mismo puesto en orden, con catorce sesiones para que no haya prisa.

Desde 2011 han pasado por el aula grupos de asociaciones de vecinos, aulas de mayores y bastante gente que vino sola. En el barrio nos conocen sobre todo por el boca a boca; también damos clases fuera, en el local que tenga el grupo, y así hemos trabajado en el Cabanyal y en Benimaclet.

Quién le acompaña

Las dos personas que están delante de la mesa

Retrato de Julián Molina, fundador del aula, sobre fondo oscuro

Julián Molina

Fundador · 57 años

Corrector de textos durante media vida, con los años se dedicó a enseñar a leer lo que él corregía. Lleva las sesiones de titulares y la parte de fuentes; es el que cronometra la comprobación del documento original y el que insiste en que dos minutos bastan.

Retrato de Amparo Herrero, profesora del aula, sobre fondo oscuro

Amparo Herrero

Cifras y sondeos · 54 años

Viene de la estadística aplicada y se ocupa del módulo de porcentajes y encuestas. Prepara las fichas de práctica (transporte, alquiler, pensiones) y revisa que ninguna se parezca demasiado a un hecho real, porque el objetivo es la mecánica y no el caso.

Lo que no hacemos

No decimos a nadie qué medio leer ni qué pensar de lo que lee. Tampoco damos consejos sobre asuntos personales que aparezcan en clase; cuando el debate se va hacia ahí, lo devolvemos al texto, que es lo que sabemos mirar. En cinco años nadie se ha ido por eso, y alguna conversación difícil sí se ha quedado en la puerta.